domingo, 2 de enero de 2011

Los mártires.

Los mártires y martirizadores.
Asistir a conciertos se está convirtiendo en un hábito para los limeños y peruanos que ahora podemos tener una agenda mensual organizada de eventos de todo tipo y para todo bolsillo.
Hasta aquí el objetivo de mejorar la oferta cultural y de esparcimiento se está cumpliendo con creces, hoy hay un trabajo coordinado entre instituciones del estado como el INC o las municipalidades, y el empresario de espectáculos respectivo. Pero en este mercado donde ganan los empresarios, el estado y los fanáticos, hay algunos perdedores y que podríamos condecorar nombrándolos como los mártires de la cultura y el esparcimiento. Ellos son los vecinos.
Esos mártires son aquellos que viven en los alrededores de los escenarios donde las bandas y cantantes se presentan consuetudinariamente: El monumental, El Estadio San Marcos, y uno que otro espacio con menor capacidad de personas.
Para un mártir un día de concierto significa un día no laborable. Ellos deben dejar de hacer lo que pretendían y se acuartelan en su domicilio hasta que el concierto haya terminado y la masa humana de fanáticos abandone el vecindario.
Pero más allá de la amputación del derecho de libre circulación, al mártir o prócer del esparcimiento ajeno, se lo ejecuta con un huayco de decibelios y con innumerables garrotazos de vibraciones que afligen su cuerpo durante los conciertos.
En la Unidad Vecinal n° 3, adyacente al Estadio San Marcos, la señora Amelia cuenta que el día que se presentó Metállica, tuvo que suspender su grupo de oración ya que ninguna plegaría podría oírse más allá de sus paredes, pues cuando los 4 jinetes del apocalipsis de Los Ángeles hicieron sonar su repertorio de rock pesado, alzaron en peso a doña Amelia y la llevaron hacia el mismísimo infierno del bullicio eterno.
En Barcelona, España, los organizadores del concierto 360° de la banda Irlandesa U2, tuvieron que pagar 18,000 euros (alrededor de S/. 65,000.00) por hacer gala de la más potente infraestructura sonora en cuanto a conciertos se refiere. Bono y compañía nuevamente superaron ampliamente los límites permisibles en Turín, Italia y también tuvieron que pagar por el bombardeo sonoro.
Estos son castigos ejemplares en ciudades acostumbradas a este tipo de eventos, pero aquí en el Perú, debemos reflexionar al respecto, primero pensando en el bienestar del vecino y el respeto de sus derechos y luego en el propio disfrute.
Los mártires de la cultura y esparcimiento no están solamente alrededor de los sitios antes mencionados, sino que esos mártires somos también cada uno de nosotros, ya que alguna vez hemos soportado los mariachis en el cumpleaños del vecino, un martes cualquiera o fuimos víctimas de la pollada pro-fondos la techada del compadre de la cuadra.
El esparcimiento y la cultura no puede ser justificación para que cada uno de nosotros haga uso y abuso del propio espacio. Que tiré la primera piedra quien no hizo una fiesta o un bacanal, sin importarnos que opine el vecino.
Somos parte de una cadena interminable de mártires y opresores del sonido.
Dato: Tenga en cuenta que en un concierto se puede superar los 120 dB, intensidad similar a la una turbina de avión, a unos 30 o 40 metros de distancia. Los especialistas recomiendan no exponerse a sonidos tan elevados por más de 30 minutos.

1 comentario:

Daniel dijo...

Se supone que los derechos de uno terminan donde empiezan los del otro, pero no siempre esto es realizable. No hay forma que en un concierto no se afecte a los alrededores, pero también quienes viven ahí saben dónde están viviendo y lo que eso conlleva.
Los límites de los derechos son la zona de discusión o confrontación que en una sociedad civilizada genera el punto de equilibrio (por supuesto, nosotros nos limitamos a copiar lo que ya otras sociedades discutieron), pero en este caso, realmente si queremos respetar los derechos de los vecinos habría que hacer conciertos con audífonos... NO WAY!!
Abajo los vecinos Y QUE VIVA EL ROCK AND ROOOOOLL (con voz de Alex Lora).

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