domingo, 2 de marzo de 2008

Segunda Nota




To Led on.

Cuando retrocedo imaginariamente, me visualizo escuchando música, siempre lo hice, aún lo hago y estoy seguro que lo continuaré haciendo, aunque quede sordo aprenderé a escuchar con mi cuerpo.
Desde niño escuchaba todo lo que estaba a mi alrededor, soy de la época de la radio convencional, sin más ni mas, tal cual, locutor mensajes y canciones. Casi siempre estuve rodeado de la música pop, mis mayores eran quienes elegían y como sucede cuando uno es niño escuchaba lo que en la casa se sintonizaba. Pero un día alguien compró un tornamesa o tocadiscos, como le decíamos, era un armatoste plomo rectangular se desmontaban sus parlantes, así, la base resultaba ser el tornamesa mismo. Junto a este aparto llegaron algunos discos Longplay de villancicos, Los Iracundos, Parchís, música de cámara, y algunos otros que se borran en mi memoria.
Este tornamesa y sus pocos discos fueron uno de mis juguetes preferidos, me aprendí los villancicos, maltrataba el ingles de los Beatles, memoricé las canciones de los uruguayos, y por supuesto los colores de Parchís los sabía al dedillo.


Pero esa lista reducida llegó a saturarme, así que, con mis propinas fui a una discotienda por primera vez, era una que estaba cuatro puertas más debajo de mi tienda favorita de juguetes en calle Marquez.
Nunca había entrado a esa tienda de discos, siempre pasaba por ahí y escuchaba música de todo tipo, habían unas cabinas en las que los compradores podían repasar el disco que desearan. Siempre fue un sitio para adultos, pero la necesidad de ampliar mi colección de discos me obligó a visitar el negocio.
Un tipo con corbata se dirigió a mi y me preguntó -qué disco buscas- algunos segundos de silencio le dieron a entender al especialista que yo era un niño algo perdido en esos avatares, así que me preguntó si era la primera vez que iba a esa tienda, es probable ahora que lo pienso, que el vendedor conocía a todos sus clientes, le respondí - sí es la primera vez que vengo-
Me preguntó luego- ¿qué tipo de música buscas?- , le conteste que no sabia muy bien lo que buscaba.
Y luego me preguntó ¿qué música escuchas?
Le respondí que escuchaba la radio y algunos discos de rock que habían en casa (dije rock pues escuché alguna vez de un adulto que el rock era malo y habían canciones que eran satánicas, seguro en ese momento quería presumir mis inmensos 9 años)
El giró en su eje y miró hacia un inmenso estante y tomó un disco que luego aproximó hacia mi y podría describir esos segundos como horas, pues desde que vi el disco, observé el cuadro de un viejo enjuto que cargaba leña y ramas, todo en un tono verde oscuro que nunca olvidaría.
El vendedor tiró fuera el disco y me señaló una cabina libre y me dijo que me dirigiera ahí, me dió además la portada del disco con la cual fui a la cabina.
En la cabina y a través de la ventana, él me hizo una señal de Ok y la música empezó a sonar por los parlantes colocados en ese cubículo, eran unas tonadas que no podía definir en ese momento, pero ahora describo como bellas y distintas.
Eran guitarras acústicas logrando arpegios maravillosos, sentí en ese preciso momento que ya no era el mismo niño que había entrado a esa tienda me sentí un poco más alto, más viejo, más sabio. No sabía el nombre de la canción ni del grupo, en la portada decía Led Zeppelin, y atrás las letras de una canción en ingles “Stairway to heaven”
Cuando terminó la canción habían pasado varios minutos, y se escuchó, el scratch de la aguja del tornamesa, que fue interrumpida por el vendedor, él, me miró y me hizo un gesto para que acercara , cuando llegué al mostrador me preguntó – ¿te gustó?
Le dije -si-, aunque no estaba seguro si me había gustado o asustado, tenía esa sensación de haber tocado algo prohibido, de haber tomado la plata de mamá, me sentía sin torax.
El vendedor me explicó que era la mejor canción de rock que había en ese momento, y me dijo que se llamaba Escalera al cielo.
Cuando me dijo el nombre de la canción me tranquilizó un poco, pues sabía que en casa no disgustaría a nadie que escuchara algo que tuviera ese nombre, así que le pregunté cuanto costaba, no me acuerdo el precio que me dijo, busqué en mis bolsillos y junté el dinero, al hacerlo el vendedor me dijo que pagara en caja y que cualquier cosa guardara el recibo. Me hizo un guiño y salí con el disco en una bolsa y toda la emoción de llegar a casa para descubrir ese cuadro del anciano y las demás canciones prohibidas.


Entré apresurado a la sala, cerré la puerta e instalé el tocadiscos, tiré fuera el disco, lo puse; subí el volumen, sabiendo que en casa solo estaba Berna, mi nana, quien no me diría nada por la bulla, era su consentido.
La aguja amplificó el sonido de los surcos iniciales, esos que tienen distinto color, son más negros antes de empezar la canción, pero esta vez no empezó la guitarra que espera otra vez escuchar, sino más bien la voz del cantante “Hey, hey, mama, said the way you move...” y luego simplemente rockandroll.
Instintivamente bajé el volumen, luego de unos segundos, sabía que aquello era prohibido, no era común, no se parecía en nada a Parchís, o a los Iracundos, no tenia nada que ver con la música de cámara, ni con Palito Ortega, era negro, era blanco a la vez, era el abuelo de la portada quien tenía un plan macabro para mi.
Tuve miedo, sobre todo por el momento en el que los demás escucharan esa música, pero mi curiosidad me hizo seguir escuchando la siguiente canción, y esa si que era un sacudón, nunca había escuchado la velocidad, ni la vida expresada de esa forma, seguí la pista a las canciones, y la primera era Black Dog, la siguiente Rock and Roll, no necesitaba saber más, era el rock prohibido del que hablaban, era seguramente aquello satánico de los adultos comentaban de vez en cuando, ¿cómo explicaría el que hubiera gastado mis ahorros en ese disco, qué dirían en mi colegio hipercatólico si supieran que el acólito y el boyscoutt había comprado ese símbolo del mal? Tenía muchas cosas en la cabeza, pero ninguna me distraía tanto como para no terminar de escuchar el disco, por un lado y el otro, Led Zeppelin y el cuadro del anciano giraban en mi memoria aquellos días.


Tuve que esconder el disco detrás de un aparador por un mes, hasta tener algo más de dinero y comprarme otro disco, pero esta vez uno de Menudo y de Palito Ortega, así que cuando me preguntaran ¿qué había hecho con mi dinero? les diría que me había comprado discos y si querían escucharlos pues no habría problema esa música estaba en los estándares de mi hogar, el rock había hecho de mi un perfecto tramposo y embustero, que a escondidas consumía sus notas transgresoras y sus alaridos de vitalidad
El disco le hice escuchar a uno que otro amigo pero ninguno fue tan afectado como yo, me parecía extraño que ellos no quisieran volver a escucharlo una y otra vez. Hasta yo me aleje un poco de el por unos meses, pero un día que finalmente estuve sólo busque en mi escondite secreto y el disco ya no estaba, un frio corrió por mi cuerpo, fue la misma sensación que cuando mi madre encontró mi primera porno o mi primer condón, el disco había desaparecido, pero revisé entre los demás y ahí estaba alguien lo encontró y lo había puesto entre palito y los Parchís.


Por la noche pregunté a mi madre si había visto mis discos que había comprado y Berna interrumpió la conversación y dijo que al limpiar el mueble de la sala había caído un disco y que lo había colocado junto a los demás.
Mi madre me preguntó -¿te compraste más discos, y de quien?
- de parchís, de menudo, uno de break dance y uno de Led Zeppelin- le contesté.
Ella respondió algo sorprendida -¡cuánto has gastado en eso de donde sacaste la plata!
Yo -eran mis ahorros- ella respondió -bueno después no me pidas para tus juguetes-
Ella me respondió cualquier cosa, ni siquiera se había percatado del nombre que le mencioné (Led Zeppelin), es que mi madre pertenecía a esa porción de personas que le gusta la música pero no le apasiona y entendí ese momento la primera diferencia con ella y desde entonces encuentro oyentes y apasionados. Aquellos que cantan y se divierte y aquellos que sienten y se involucran con la música.



Pero he descubierto también un grupo de seres que simplemente no les gusta la música y hacen uso infausto de ella, y la usan como si fuera una vela, la cual encienden para iluminar momentáneamente sus monócromas vidas hasta que la cera se disuelve.




La música no ilumina nuestros días, es la luz y el arcoíris. La música no es el ruido de fondo, es la esencia fundamental de todas las estructuras, todos los puentes y edificios, ciudades y planetas están compuestos de música, nosotros somos música, este teclado lo es, tu respiración y la percusión interna de nuestro cuerpo así lo demuestra.


Es imposible darle la espalda a la música, tratarla con desdén, afrontémosla y descubramos ese mundo que está a la espera de nuestros sentidos y no necesariamente está en nuestra casa en nuestros medios y entornos, la música está en todas las partes, pues el todo es ella.


Otorguemos a los niños las herramientas adecuadas para escuchar toda la música, enseñemosles que la música no tiene fronteras, ni colores definidos, ayudemosles a entender que la música no es buena ni mala, así curaremos algunas heridas que esta sociedad se ha creado por la indiferencia hacia ella.

sábado, 9 de febrero de 2008

Primera nota

El ecoidiotizante.


Una obstinada canción se mantiene en mi, desde hace días la tarareo sin saber quien es el compositor o el interprete- uuu, ooo, la, laa la, la- probablemente sea una canción gringa de esas concebidas de acuerdo al ISO que la industria musical popular solicita: fácil de aprender, ritmo pegajoso y letras simples.


No es la primera, ni será la última vez que una canción se adhiera en el subconsiente de una persona, la industria de la comunicación y el entretenimiento hacen de cada uno de estos productos, una especie de droga, y comercializan con ella utilizando los medios de comunicación, en este caso la radio, como distribuidores de este producto.


Los grandes capos y los cárteles radiales como Prisa, y Godo en España y muchos países de latinoamerica, o RPP y CRP en Perú, por mencionar algunos.
Pero esta comparación que es incomoda para los que son parte del los medios antes mencionados, tiene un sustento claro y definido.


Desde hace algunos años la radio musical se ha convertido en un Jukebox, rockola o máquina automática de canciones limitadas, pero no al gusto del oyente sino al placer y elección del programador, que para los fines mafiosos sería el dealer local.
Para conocer como funciona este medio idiotizante musical es necesario mencionar que las grandes cadenas radiales en el mundo se utilizan sistemas de “alta rotación” que consiste en que el programador o el director de la radio y algún productor , que muchas veces uno solo cumple estas funciones, elige un grupo determinado de canciones que no superan las 200 o 300 con el fin de rotarlas en el transcurso del día. Estas canciones respetan además el formato musical al que pertenece la radio: recuerdo, crossover, éxitos, hispano, etc.


En el Perú este proceso de selección podría ser parte de la mejoría si fuera realizado por personas conocedoras de música en el sentido real del término o por lo menos informadas de los efectos psicológicos masivos que esta produce en la sociedad, pero por desgracias es parte de la peoría, pues los programadores de las radios locales son improvisados curadores radiofónicos, que basan sus conocimientos en el aprendizaje de títulos de canciones y sus autores. Esa elección esta muy lejos de ser una adecuada selección musical que rime y conjugue tonalidades , ritmos y notas, de determinadas culturas pentatónicas, dodecafónicas, vanguardistas o cualquier criterío musical que acompañe dicha selección. Muchos de los encargados de elegir la música que la gente debe escuchar en el Perú no tienen toda la culpa de ser tan mediocres, pues en los últimos 20 años la calidad educativa en el país se vió maltratada y se la dejó de lado tanto que hoy ocupamos los últimos lugares de educación en el mundo.

El medio radiofónico musical peruano está saturado de nostálgicos y frustrados programadores y productores que encuentran las décadas de los ochentas y noventas, como mejores y maravillosos.
Así mismo se ha escuchado de la resurrección de aquellos dinosaurios de los sesentas y setentas, que han reclamado una porción importante de la torta del Survey.


Pero la radio no se detuvo en los sesentas u ochentas, más bien se transformó en una horrible estrella pop que no quería ser negra o una conductora de reality shows que no quería envejecer. Este fenómeno que ahora tenemos que soportar es efecto de muchas otras problemáticas sociales y hasta políticas que sobrepasaron sus límites en el afán de dominio.

Pero este fenómeno ecoidiotizante de repetir canciones cada hora, no sólo sucede en el Perú sucede en todo el mundo , con la diferencia que estas drogas acústicas en otros sitios han evolucionado y el peyote y los hongos que aquí se consumen son ácidos y productos químicos en otros lados.
La radio musical en la actualidad debe ser efectiva, inmediatamente exitosa, esta radio ya no es medio de comunicación, es reproductor, es un semental y tiene un propósito claro: el mantener la especie idiotizada, drogada y aislada de su realidad.


La radio cuando era un medio nuevo con insospechadas posibilidades de desarrollo, emocionaba, involucraba, creaba, soñaba y proponía.
Hace 80 años Bertolt Brecht alucinaba así las posibilidades de la radio:


"La radio podría ser el más gigantesco medio de comunicación imaginable en la vida pública, un inmenso sistema de canalización. Lo será cuando no sea sólo capaz de emitir, sino también de recibir. En otras palabras, si consigue que el oyente no sólo escuchase sino también hablase, que no permaneciera aislado, sino relacionado".


¿Será posible que hayamos involucionado y que ahora los simios tengan dominio sobre las radios?
Qué está sucediendo con el medio radial, qué sucede con sus formatos, cual es su contenido, por qué tenemos la necesidad de escuchar lo mismo a cada instante.
Muchas preguntas que nunca respondemos, ni siquiera las hacemos.


El medio es reflejo de la sociedad y de su educación, el oyente es el cliente y él siempre tiene la razón, mientras el receptor siga siendo pasivo no se cumplirá la intención implícita que posee la comunicación, feedback.
En el medio radiofónico musical se debe poner fin los grandes capos de esta droga, a los dealers internacionales y aquellos de barrio, que ayudados por el anonimato que les otorga el micrófono, siguen aniquilando las neuronas artístico-musicales que el ser humano posee, es necesario eliminar esta sustancia que viaja en combis, autos, trabaja en oficinas y centros comerciales, es indispensable expulsar al alienígeno de nuestros hogares.
Para el hombre, solitario, carente de espiritualidad, angustiado económicamente, y desprovisto de herramientas que le ayuden a crecer intelectualmente, la radio de hoy se convierte en una droga, que responde a la segunda definición que la Real Academia de la Lengua le otorga:

“Sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno”.

Si leemos esta definición será necesario respaldarla por otra que se le otorga a la palabra exceso. “Cosa que sale en cualquier línea de los límites de lo ordinario o de lo lícito, abuso delito o crimen”

El hombre es la única especie que persiste en el error, y por naturaleza autodestructiva, somos conscientes que todo en exceso hace daño y si es de mala calidad doblemente malo será, las radios musicales en la actualidad son malas en calidad e intención, no permitamos que el ecoidiotizante de las radios se aproveche del miedo al silencio que nuestra sociedad padece, detengamos la pandemia de ignorancia que hoy nos amenaza, exijamos calidad en el éter radiofónico.